STEFAN
ZWEIG,
1953
El
ritmo
nuevo.
En
miles y
acaso
centenares
de miles
de años,
desde que
el extraño
ser
llamado
hombre
pisa la
tierra, no
ha
existido
otra
medida máxima
de la
traslación
humana que
el correr
del
caballo,
el girar
de las
ruedas y
la
velocidad
alcanzada
por
embarcaciones
a remo o a
vela. La
plétora
del
progreso técnico
dentro del
estrecho
espacio
iluminado
por la
conciencia
que
llamamos
historia
mundial,
no produjo
un
aceleramiento
sensible
del ritmo
de los
movimientos.
Los ejércitos
de
Wallenstein
apenas
adelantaron
más rápidamente
que las
legiones
de César
ni se
precipitaron
más
velozmente
los ejércitos
de Napoleón
que las
hordas de
Gengis
Khan. Las
corbetas
de Nelson
atravesaron
el mar muy
poco más
ligeras
que los
botes
piratas de
los
vikingos y
las
embarcaciones
mercantes
de los
fenicios.
Lord Byron
no cubre
en su
viaje de
Childe
Harold más
millas
diarias
que Ovidio
en su
camino al
exilio, ni
viaja
Goethe en
el siglo
XVII mucho
más cómoda
o
aceleradamente
que el apóstol
Pablo al
comienzo
de nuestra
era. En
tiempos de
Napoleón,
los países
estaban
invariablemente
alejados
unos de
otros en
el espacio
y en el
tiempo
como bajo
el Imperio
romano;
sigue
triunfante
la
resistencia
de la
materia
sobre la
voluntad
humana.
El
histórico
año de
1837, en
cuyo
transcurso
el telégrafo
permite la
simultaneidad
de la
hasta
entonces
aislada
experiencia
humana,
muy pocas
veces se
halla
registrado
en los
textos
escolares,
que
desgraciadamente,
consideran
más
importante
la narración
de guerras
y
victorias
de
generales
y naciones
aisladas
que los
triunfos
verdaderos,
por ser
colectivos,
de la
humanidad.
Y, sin
embargo,
no hay en
la
historia
moderna
una fecha
de mayor
trascendencia
psicológica
que esa
renovación
del valor
del
tiempo. El
mundo ha
cambiado
desde que
resulta
posible
saber
simultáneamente
en París
lo que
acontece
en
Amberes,
Moscú, Nápoles
y Lisboa
en el
mismo
minuto. Sólo
falta dar
un último
paso para
incluir
también a
los demás
continentes
en aquella
magnífica
comunidad
y para
crear una
conciencia
colectiva
de la
humanidad
entera.
Los
preparativos.
La
primera
partida.
Durante
un año
zumban las
máquinas,
e
incansablemente
pasa el
alambre
como un
hilo
delgado
Revés.
Originariamente
se había
proyectado
conducir i
los dos
barcos
grandes,
el
Agamemnon
y el Niágara,
cada uno
de los
cuales
lleva la
mitad del
cable,
conjuntamente
hasta un
punto
prefijado
en medio
del océano,
y sólo en
este punto
proceder
al remache
de las dos
mitades.
Uno de los
barcos debía
seguir
hacia el
Oeste, en
dirección
a
Terranova,
y el otro
al Este,
hacia
Irlanda.
Pero luego
parecía
demasiado
arriesgado
exponer
todo el
valioso
cable en
esta
primera
tentativa,
y se
resolvió
colocar la
primera
parte
desde
tierra
firme, sin
saberse
con
exactitud
si tal
transmisión
telegráfica
submarina
realmente
funcionaría
como se
esperaba,
a través
de tan
grande
distancia.
Se destinó
el Niágara
a colocar
el cable
desde
tierra
firme
hasta el
medio del
océano.
La fragata
americana
viajaba
despacio,
cautelosamente,
dejando
tras sí
el cable
como una
araña va
dejando su
filamento,
sin
interrupción.
La máquina
devanadora
trabaja
regularmente,
y el ruido
que
produce es
el mismo
que los
marineros
conocen de
siempre:
el del
cable a
cuyo
extremo se
baja el
ancla. Al
cabo de
pocas
horas, los
tripulantes
ya no
advierten
ese rumor
regular
que les
resulta
tan
natural
como el
latido de
sus
propios
corazones
y prosigue
el viaje
mar
adentro, y
continuamente
se hunde
el cable
en la
estela del
buque.
Esta
aventura
no parece,
en
realidad,
tener nada
de
aventurero.
Pero en un
camarote
aparte están
reunidos
los
electricistas,
que
atienden
sin
interrupción
a sus
aparatos e
intercambian
continuamente
signos con
la tierra
firme de
Irlanda.
Maravillosamente,
a pesar de
que no se
ve la
costa
desde hace
mucho
tiempo, la
transmisión
por medio
del cable
submarino
funciona
tan
claramente
como el
entendimiento
entre dos
ciudades
europeas.
Ya la
expedición
ha salido
de las
aguas poco
profundas
y se ha
llegado al
llamado
plano
profundo,
detrás de
Irlanda, y
aun cuando
el barco
le ha
cruzado,
el cordón
metálico
sigue
desdevanándose
regularmente
como la
arena de
un reloj,
remitiendo
y
recibiendo
mensajes,
simultáneamente.
Ya
se han
colocado
trescientas
treinta y
cinco
millas de
cable, más
que el décuplo
de la
distancia
entre
Dover y
Calais; ya
han pasado
dos días
y dos
noches
desde la
primera
inseguridad,
y a la
tercera
noche, el
8 de
agosto,
Cyrus W.
Field
busca por
primera
vez un
bien
justificado
descanso
después
de muchísimas
horas de
trabajo y
emoción.
Entonces,
de repente
-¿qué
sucedió?-,
se
interrumpe
el ruido
martilleante.
Y así
como el
durmiente
se levanta
sobresaltado
en el tren
cuando la
locomotora
se detiene
inesperadamente,
o como el
molinero
salta de
su cama
cuando de
repente se
queda
parada la
rueda del
molino,
del mismo
modo
despiertan
en el acto
los
tripulantes
y se
abalanzan
sobre la
cubierta.
La primera
mirada a
la máquina
revela que
el tambor
está vacío.
El cable
escapó
repentinamente
al
malacate.
Fue
imposible
retener el
cabo
escapado,
y más
imposible
todavía
encontrarle
ahora en
la
profundidad
del mar y
re-
cobrarle.
Sucedió
lo más
terrible.
Un
insignificante
error técnico
había
malogrado
el trabajo
de años.Los
que
salieron
tan
audaces,
regresan
como
vencidos a
Inglaterra,
donde el
repentino
cese de
todo signo
y señal
se adelantó
a la
terrible
noticia.
Otro
revés.
Cyrus
W. Field,
el único
que queda
inconmovible,
héroe y a
la vez
comerciante,
hace un
balance ¿
Qué se ha
perdido?
Trescientas
millas de
cable,
alrededor
de cien
mil libras
de
capital,
y, lo que
más le
aflige,
posiblemente,
un año
entero, éste
sí
irrecuperable.
La
expedición
sólo
puede
esperar
buen
tiempo en
verano y
ya la
estación
está
demasiado
adelantada.
En el otro
platillo
de la
balanza se
registra
una pequeña
ganancia.
Esta
primera
tentativa
ha dejado
una buena
experiencia
práctica.
El cable
ha
resultado
útil y se
puede
guardar
para la próxima
expedición.
Sólo hace
falta
reformar
la máquina
devanadora
que causó
la
desdichada
rotura. Así
pasa un año
en
preparativos
y en larga
espera. Sólo
ellO de
junio de
1858 los
buques
pueden
reiniciar
el viaje,
con
renovado
valor y
cargando
el viejo
cable.
Como la
transmisión
de signos
eléctricos
funcionó
perfectamente
durante el
primer
viaje, se
volvió al
primitivo
proyecto,
y se
dispuso
que se
iniciase
la
colocación
del cable
en medio
del océano,
tendiéndolo
simultáneamente
hacia los
lados
opuestos.
Los
primeros días
del nuevo
viaje
pasan sin
que suceda
nada digno
de mención.
Sólo al séptimo
día debe
comenzar
en el
lugar
preestablecido
la
colocación
del cable,
y con ello
el
verdadero
trabajo.
Hasta
entonces
el viaje
es, o
parece
ser, un
paseo. Las
máquinas
descansan,
los
marineros
están
desocupados
y pueden
gozar del
buen
tiempo; el
cielo está
limpio y
calmo;
demasiado
en calma,
quizá,
está el
mar. Pero
al tercer
día, el
capitán
del
Agamemnon
siente una
secreta
inquietud.
El barómetro
le
demuestra
que la
columna de
mercurio
bajó con
una
rapidez
alarmante.
Debe estar
preparándose
una
tormenta
singular,
y,
efectivamente,
al cuarto
día se
desencadena
una
tempestad
como ni
los
marineros
más
probados
han vivido
pocas
veces en
el océano
Atlántico.
Este huracán
es
singularmente
fatal para
el buque
inglés,
el
Agamemnon.
Es de por
sí un vehículo
excelente
que ha
superado
las más
duras
pruebas en
todos los
mares y
aun en la
guerra, y
por eso el
buque
almirante
de la
marina
inglesa
debería
resistir
también
este
temporal.
Pero
por
desdicha
el buque
ha sido
completamente
reformado
para poder
llevar la
enorme
carga del
cable. No
es posible
distribuir
el peso
regularmente,
como en
cualquier
buque
mercante,
sino que
toda la
carga pesa
en el
medio, y
solamente
una pequeña
parte ha
sido
guardada
en la
proa, lo
que tiene
por
consecuencia,
peor todavía,
que el
movimiento
de péndulo
se
duplique
cada vez
que la
proa
emerge o
se hunde.
Debido a
ello la
tempestad
hace un
juego
peligrosísimo
con su víctima,
levantando
el barco
hacia
izquierda
y derecha,
adelante y
atrás,
hasta un
ángulo de
45 grados,
mientras
las olas
inundan la
cubierta y
todos los
objetos
quedan
destrozados.
Y nueva
fatalidad!
Uno de los
terribles
golpes que
estremecen
al buque
desde la
quilla
hasta el mástil
destruye
el depósito
de carbón
improvisado
sobre la
cubierta.
La masa
cae como
un granizo
negro
sobre los
marineros,
ya
sangrantes
y
exhaustos.
Algunos
quedan
heridos
por el
golpe,
otros por
los
calderos
que se
vuelcan en
la cocina.
Diez días
dura la
tempestad;
un
marinero
se ha
vuelto
loco y ya
se piensa
en una
medida
extrema:"
echar por
la borda
una parte
de la fatídica
carga del
cable.
Afortunadamente,
el capitán
se resiste
a tomar
sobre sí
semejante
responsabilidad
y, al fin,
resulta
tener razón.
Después
de
indecibles
pruebas,
el
Agamemnon
resiste el
temporal
de diez días,
y a pesar
de su gran
atraso
encuentra
a los demás
barcos en
el sitio
fijado, en
medio del
océano,
donde debe
iniciarse
la
colocación
del cable.
Sólo
entonces
se
comprueba
el daño
que ha
sufrido la
valiosa y
sensible
carga de
los
alambres
mil veces
entrelazados,
a
consecuencia
del
constante
balanceo.
Los
alambres
han
quedado
enredados
en
distintos
lugares, y
la
cobertura
de
gutapercha
está rota
o
desgastada
por él
roce. A
pesar de
todo, se
hace una
tentativa
de colocar
el cable,
aunque con
escasa
confianza,
pero se
comprueba
entonces
que sólo
se han
perdido
unas
doscientas
millas de
cable, que
desaparecen
inútiles
en el mar.
Por
segunda
vez, hay
que darse
por
vencidos y
regresar
sin gloria
en vez de
triunfantes.
El
tercer
viaje.
Los
accionistas,
enterados
de la
noticia
fatal,
esperan en
Londres
con los
rostros
demudados
a su
conductor
y seductor
Cyrus W.
Field. En
estos dos
viajes se
ha perdido
la mitad
del
capital de
la
sociedad
anónima,
sin que
por otra
parte
hubiera
quedado
probada o
realizada
cosa
alguna. Es
comprensible
que la
mayoría
diga
ahora:
"jBasta!"
El
presidente
aconseja
que se
salve lo
que pueda
salvarse.
Propone
que se
retire de
los barcos
el resto
del cable
inutilizado,
para
venderle,
si fuese
menester,
a menos de
su costo y
poner fin
en seguida
a este
terrible
proyecto
de abarcar
el océano.
El
vicepresidente
comparte
su opinión
y envía
su dimisión
por
escrito,
para
manifestar
así que
no desea
intervenir
más en
esta
empresa
absurda.
Pero la
tenacidad
y el
idealismo
de Cyrus
W. Field
son
inconmovibles.
Declara
que no se
ha perdido
nada, que
el cable
ha
resistido
brillantemente
la prueba
y que a
bordo
queda
cantidad
suficiente
para
repetir el
ensayo,
aparte de
que la
flota está
reunida y
comprometida
la
tripulación.
El
temporal
extraordinario
del último
viaje
permitía,
por otra
parte,
presagiar
un período
de
hermosos días
de
bonanza.
jValor una
vez más,
y más
valor!
Aduce que
ahora se
presenta
la única
y última
oportunidad
para
realizar
una
tentativa
decisiva.
Los
accionistas
se miran
unos a
otros,
cada vez ,
menos
seguros.
¿Deberían
confiar
realmente
a este
loco el
resto del
capital
invertido?
Pero como
una firme
voluntad.
siempre
arrastra
finalmente
a los
indecisos,
Cyrus W.
Field
impone por
fuerza la
resolución
de que se
inicie ese
nuevo
viaje. El
17 dejulio
de 1858,
cinco
semanas
después
del
segundo
viaje
desdichado,
la flota
abandona
por
tercera
vez el
puerto
inglés y
nuevamente
se
confirma
la vieja
experiencia
de que las
cosas
decisivas
así
siempre se
logra en
secreto.
Esta vez
la partida
se realiza
casi sin
ser
notada. No
hay botes
ni barcas
que giren
alrededor
de los
buques
deseando
felicidad,
ninguna
multitud
se reúne
en la
playa, no
se ofrece
banquete
de
despedida
alguno,
nadie
pronuncia
discursos,
ningún
sacerdote
implora la
ayuda
divina.
Los barcos
parten
silenciosos,
casi
atemorizados,
como
si se
dieran a
una
empresa de
piratería.
Pero el
mar los
espera,
gentil. En
la fecha
prefijada,
el 28 de
julio,
once días
después
de la
salida de Quetown,
el
Agamemnon
y el Niágara
pueden
iniciar la
tarea en
el punto
convenido,
en medio
del océano.
Extraño
espectáculo:
los buques
se colocan
popa
contra
popa.
Entre uno
y otro se
refunden
los cabos
del cable.
Sin
formalidad
alguna, más
aún, sin
que los
tripulantes
demostrasen
mayor
interés
por el
suceso
(están
cansados
de
tentativas
infructuosas),
el cable
de cobre y
hierro se
hunde
entre los
dos barcos
hasta la
mayor
profundidad
del océano,
no
explorado
todavía
con
plomada
alguna.
Sigue
todavía
una
salutación
de bordo a
bordo, de
bandera a
bandera, y
el barco
inglés
toma rumbo
a
Inglaterra,
el
norteamericano
a América.
Mientras
se
distancian
mutuamente
dos
puntitos móviles
en medio
del océano,
el cable
les
mantiene
continuamente
unidos, y
por
primera
vez desde
que los
hombres
tienen
memoria
dos barcos
pueden
comunicarse
entre sí
a través
del viento
y las
olas, el
espacio y
la
distancia,
en lo
invisible.
Cada
tantas
horas
convenidas,
un barco
comunica
con señales
eléctricas,
que pasan
por la
profundidad
del océano,
la
cantidad
de millas
que ha
cubierto,
y el otro
buque
confirma
que
gracias al
excelente
tiempo ha
salvado
una
distancia
igual. Así
pasa un día,
otro, un
tercero y
un cuarto.
El 5 de
agosto, el
Niágara
puede
informar
que ya
distingue
la costa
americana
de Trinity
Bay,
Terranova,
después
de haber
colocado
unas mil
treinta
millas de
cable, y
el
Agamemnon
triunfa a
su vez
porque ya
ha dejado
asegurados
en el
fondo del
mar cerca
de mil
millas de
cable, y
distingue
la costa
irlandesa.
Por
primera
vez llega
la palabra
humana de
país a país,
de América
a Europa.
Pero sólo
esos dos
buques,
los pocos
centenares
de hombres
reunidos a
su bordo,
saben que
se ha
realizado
la gran
hazaña.
Todavía
lo ignora
el mundo,
que ha
olvidado
ya esta
aventura.
Nadie les
espera en
la plaza
ni en
Terranova
ni en
Irlanda
pero en
aquel
mismo
segundo en
que el
nuevo
cable
transoceánico
queda
comunicado
con el
cable
terrestre,
la
humanidad
entera
conocerá
su
imponente
triunfo
común.
El
gran
"hosanna".
Por
bajar este
relámpago
de la
alegría
de un
cielo
completamente
limpio, su
efecto es
portentoso.
El Viejo y
el Nuevo
Mundo
reciben
casi a la
misma
hora, en
esos
primeros días
de agosto,
la noticia
de la obra
llevada a
feliz término.
Su efecto
es
indescriptible.
En
Inglaterra,
el Times,
de
ordinario
tan
reservado,
publica un
editorial
en el que
dice:
"Desde
el
descubrimiento
de Colón
no ha
sucedido
nada que
en forma
alguna sea
comparable
a esta
enorme
ampliación
de la
esfera de
la
actividad
humana."
Y la City
refleja la
mayor
emoción.
Pero esta
alegría
orgullosa
de
Inglaterra
parece
sombría y
tímida en
comparación
con el
entusiasmo
huracanado
que
estalla en
Norteamérica
al
recibirse
la
noticia.
Los
negocios
quedan
interrumpidos,
las calles
invadidas
de gente
que
pregunta,
grita y
discute, y
de la
noche a la
mañana,
Cyrus W.
Field, un
hombre
desconocido,
ha quedado
convertido
en héroe
nacional.
Se le
compara
enfáticamente
con
Franklin y
Colón;
toda la
metrópoli
y otras
cien
ciudades
tiemblan y
resuenan
esperando
ver al
hombre a
cuya
decisión
se debe el
"enlace
de América
y el Viejo
Mundo".
Pero el
entusiasmo
no ha
llegado
todavía a
su grado
supremo. Sólo
se conoce
la noticia
escueta de
que ha
terminado
la
colocación
del cable.
Queda por
saber
aún
si el
cable
habla. ¿Ha
dado
realmente
resultado
la gran
proeza?
Magnífico
espectáculo:
una ciudad
entera,
todo un país,
aguarda y
atiende
una
palabra
sola, la
primera
palabra a
través
del océano.
Se sabe
que la
reina de
Inglaterra
será la
primera en
enviar un
mensaje,
su
felicitación,
que se
espera
cada vez
con más
impaciencia.
Pero pasan
días y días,
porque un
accidente
casual ha
interrumpido
el
cableque
comunica
Nueva York
con
Terranova,
y sólo el
16 de
agosto por
la tarde
llega el
mensaje de
la reina
Victoria a
Nueva
York.
El
gran
"crucifix".
Miles
y millones
de voces
gritan
jubilosamente
ese día.
Una sola,
la más
importante,
permanece
extrañamente
muda
durante
los
festejos:
el telégrafo.
Es posible
que Cyrus
W. Field
intuya en
medio del
júbilo la
terrible
verdad.
Sería
horrible
que fuese
el único
que
supiera
que el
cable atlántico
ha dejado
de
funcionar
precisamente
ese día,
después
de haber
registrado
en los últimos
nada más
que unos
signos
confusos,
apenas
perceptibles.
Nadie sabe
aún ni
sospecha
ese lento
fracaso,
fuera de
los pocos
hombres
que en
Terranova
fiscalizan
la llegada
de los
mensajes,
y aun
ellos
titubean días
y días,
en vista
del
descomunal
entusiasmo,
en hacer
llegar la
amarga
novedad a
los
jubilosos.
Sin
embargo,
llama la
atención
la escasez
de
noticias.
América
había
esperado
que ahora
llegarían
a todas
horas
noticias a
través
del océano,
y en su
lugar sólo
recibe muy
de tarde
en tarde
alguna
vaga y no
confirmable
información.
No pasa
mucho
tiempo
antes de
que
circule de
boca en
boca el
rumor de
que,
ansiosos y
ambicionando
obtener
mejores
transmisiones,
se habían
enviado
unas
cargas eléctricas
demasiado
fuertes,
destrozando
con ellas
el cable,
que de por
sí no era
suficientemente
eficaz. Se
alienta aún
la
esperanza
de poder
salvar el
inconveniente.
Pero
pronto
resulta
imposible
negar que
los signos
han
llegado
cada vez más
imprecisos
e
incomprensibles.
Al día
siguiente
al de los
grandes
festejos,
el 1 de
septiembre,
no llega a
través
del mar
ningún
sonido
claro,
ninguna
oscilación
nítida.
Nada
perdonan
los
hombres
menos que
el desengaño
después
de haberse
entusiasmado
sinceramente,
viéndose
defraudados
por un
hombre de
quien
esperaban
todo.
Apenas se
comprueba
la verdad
del rumor
respecto
al fracaso
del tan
alabado
telégrafo,
y la ola
apasionada
del júbilo
se
convierte
en otra de
maliciosa
amargura e
inculpación
contra el
inocente
culpable,
Cyrus W.
Field. Se
afirma en
la City
que ha
engañado
a una
ciudad, a
un país,
al mundo;
que él
sabía el
fracaso
del telégrafo,
pero
que
se hacía
celebrar
egoístamente
aprovechando
el tiempo
para
vender
entretanto
sus
acciones
con
enormes
beneficios.
Toman
cuerpo
otras
calumnias
peores
todavía,
entre
ellas la más
extraña
quizá, de
todas que
afirman
que el
cable atlántico
jamás había
funcionado,
que todos
los
mensajes
habían
sido una
engañifa,
y que el
telegrama
de la
reina de
Inglaterra
había
sido
redactado
de
antemano,
sin ser
transmitido
jamás por
el telégrafo
trasatlántico.
Se rumorea
que
ninguna
noticia
había
llegado en
todo el
tiempo
claramente
a través
del mar, y
que los
directores
sólo habían
redactado
telegramas
imaginarios,
basados en
presunciones
y signos
aislados.
Y se
produce un
verdadero
escándalo.
Los que
ayer
prorrumpieron
en los más
agudos
gritos de
júbilo
son los
mismos que
protestan
ahora con
más
vigor.
Toda una
ciudad, un
país
entero, se
avergüenza
de su
entusiasmo
prematuro
y
sobreexcitado.
Se elige a
Cyrus W.
Field víctima
de esa
ira. El
hombre que
ayer fue
considerado
héroe
nacional,
hermano de
Franklin y
sucesor de
Colón,
tiene que
esconderse
como un
criminal
de quienes
fueron sus
amigos y
admiradores.
Un solo día
lo ha
creado
todo, y un
solo día
lo ha
destrozado.
La derrota
es
completa:
se ha
perdido el
capital,
se ha
perdido la
confianza,
y como la
legendaria
serpiente
de
Midgard,
yace el
cable inútil
en las
profundidades
del océano,
inaccesible
a la
vista.